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lunes, 1 de abril de 2013

La esperanza del desesperado.

Y entonces se hizo el silencio. La habitación quedó vacía, todos la fueron abandonaron lentamente.
Sólo una pequeña luz alumbraba esa habitación. Él, sólo, estaba allí buscando silencio. Y al fin lo había encontrado, en ese instante se dispuso a tumbarse en un sillón, tras cerrar la puerta y apagar aquella luz, que era la única que aún permanecía encendida.
Allí estaba él. Tumbado con los pies en alto y las manos tras la nuca. Disfrutando de aquello que era lo único que no le juzgaba, ni le sentenciaba; el silencio. Con este se encontraba bastante cómodo, podía contemplar los pasos que iba a hacer y los pasos que ya había hecho.
Cerró los ojos y se dispuso a abandonar aquel nefasto y ruidoso día.
Horas más tarde se levantó exaltado, unas voces no le dejaban dormir. Se levantó como un loco para ver quien era el que estaba haciendo tanto ruido. Se dispuso a abrir la puerta y soltar un grito seco para que aquellos que estuvieran haciendo ruido se callaran de una vez, y así al fin, nuestro joven e ingenuo protagonista pudiera volver a aquel sueño en el que se encontraba hacía un instante. Según abrió la puerta, vio que todo estaba en silencio y a oscuras. La gente se había marchado de la casa, y por tanto las voces que le habían despertado no eran, por tanto, de los de la fiesta.
Así que se dispuso de nuevo a volver al sofá el cual esa noche le estaba sirviendo de cama.
Se volvió a tumbar y puso de nuevo los pies en alto y las manos sobre la nuca. Cerró los ojos y se propuso de nuevo volver a dormirse. Pero las voces de nuevo volvieron a repicar, pero esta vez, él se dio cuenta de que las voces no venían de fuera, sino de su cabeza.
Este, atónito por ver que era el mismo el que causaba tal estruendo, se incorporó, poniéndose las manos sobre la cabeza e intentando agarrar algún matojo de su palo del cual tirar.
Su cabeza estaba haciendo demasiado ruido, demasiadas voces que no le dejaban dormir. Este intentó callarlas, pero por mucho que lo intentaba, estas volvían con más y más fuerza. Se levantó, y con movimientos violentos y lamentos desesperados intentaba una y otra vez conseguir el silencio.
Hacía mucho tiempo que estas voces le habían dejado de hablar. Hacía mucho tiempo que estas le dejaban disfrutar del silencio. Hacía mucho tiempo que estas no le estaban arrancado lentamente las ganas de respirar.
Estas voces no paraban de gritarle por dentro, no le dejaban pensar, no le dejaban ni siquiera vivir.
Él, tras haberse sentado, cansado de tanto agitamiento en vano,  se levantó como un resorte y se dirigió hacia la ventana. La abrió y sacó la cabeza. El frío aire de la noche le chocaba en su cara ya enrojecida. Cerró los ojos e imaginó helar sus voces con la nieve que ahí afuera estaba tapando lo que en primavera sería un magnifico patio repleto de flores. Pero al igual que ellas, él cada minuto que pasa y estas voces no cesan sus gritos, parece estar más y más muerto.
Según pasan los minutos, él empieza a envidiar a las flores, envidia su belleza y su protagonismo. Pese a que su vida sea corta, es una vida repleta elogios y miradas. Piensa que para que vivir mucho y mal, pudiendo vivir poco y bien.
Le vino a la cabeza de repente aquella idea del Carpe Diem. Aquella locura de que la vida es sólo un corto trayecto en el cual sólo debes ir por aquellos caminos que más feliz, más libre, más lo que tú quieras, te haga.
Las lagrimas de pasión le caían por las mejillas enrojecidas, nadie sabía lo que las voces le decían. Ni él mismo llegaba a vislumbrar un mínimo de sentido en aquellas oscuras palabras que venían de su interior.
Vio como su pie se iba colocando lentamente en el marco de la ventana, y veía como en el fondo no le importaba caerse, pues para algo se estaba subiendo.
Lentamente fue saliendo por la ventana, primero un pie y luego otro. Tenía la cabeza fuera, todo el cuerpo fuera. Estaba frente al que sería probablemente su final.
Él pensaba para si mismo que caería sobre la acera, y que su cara quedaría destrozada con el asfalto, pero le daba igual. No sentía miedo. A ojos de muchos, era libre. Nada ni nadie le hacía temer.
Mientras imaginaba su cara en el duro y frío asfalto, pensaba que era una muerte penosa, que la gente al verle la mañana siguiente se reiría por elegir tan patético final. Pero ni con esas, su mente le daba igual, nada le hacía cambiar de parecer. Su respuesta ante la idea de ese patético final, fue decirse a si mismo, que ya que ha tenido una vida patética, debía tener un final acorde a ella.
Abría y cerraba los ojos lentamente, como saboreando el final de una gran historia. En verdad, era el final de la única historia en la que él, le gustase o no le gustase, era el protagonista.
Leves amagos con las rodillas, primero soltado de una mano, y luego la otra. Poco a poco iba cogiendo confianza para el santo.
Cerró los ojos una ultima vez, cogió aire y lentamente según lo expulsaba iba abriéndolos, viendo todo aquello que iba a dejar atrás. Mientras su última bocanada de aire abandonaba sus pulmones, en aquella oscura y fría noche de enero, un chica se bajaba de un coche. Su largo pelo castaño hizo que nuestro protagonista se agarrase de nuevo, quería ver quien era. Volvió a respirar y a parpadear.
No podía dejar de mirar a aquella bella mujer que estaba regalándole segundos de más a una vida con fecha de caducidad.
Él, por un instante la metió a ella en su mente, la sumó a la ecuación de su vida. El resultado de esta hipótesis era positivo.
Él no dejó de mirarla hasta que ella se metió en su casa. Al entrar ella, él volvió a entrar en la habitación sin poder borrar de su mente la imagen de esa bella desconocida.
Necesitaba saber su nombre, saber que le gustaba, saber cuales eran sus aficiones y metas, necesitaba saberlo todo. Ella era el faro que aquella oscura vida necesitaba.
Nuestro joven e ingenuo protagonista se acostó pensando que ella algún día sería suya. Pero ella ya resoplaba por otro, ese otro no era mejor que nuestro protagonista. Simplemente el destino le coloco a este antes que a él, en la vida de nuestra bella desconocida. Puede que nuestro protagonista vuelva a oír de nuevo las voces, pero la esperanza que lo salvó una vez, sé que lo salvará de nuevo.

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