Un ser frío y oculto. Un ser sin poder respirar, lentamente se asfixia.
Este intentaba efusivamente respirar. Abrir la boca e intentar tras largas bocanadas de aire, llenar sus pulmones.
Una, otra, y otra vez lo intentaba. Sus ojos lentamente se fueron alterando. Su mirada perdida, pasó a ser agitada y está a su vez pasó a ser una mirada con miedo a desaparecer.
Se fue moviendo de punta a punta de la pequeña habitación, agitaba violentamente sus brazos y tiraba todo aquello que se le ponía en su camino.
De nuevo abría la boca, mientras le caía una solitaria y temblorosa lagrima por la mejilla derecha.
Todo sus intentos eran en vano, pues aún seguía sin poder respirar.
Golpes en el pecho, movimientos impetuosos y gritos secos, teñían la habitación que en ese momento estaba presenciando tal desgracia.
Poco a poco fue perdiendo el conocimiento. Apoyó su mano derecha sobre la vieja mesilla y la otra la colocó en su frente empapada en sudor frío.
Este, se dio cuenta de que el fin estaba cerca, mientras que su mano resbalaba de la mesilla y le hacia caer estrepitosamente al suelo.
Agarrando, con las pocas fuerzas que tenía, una punta de la alfombra, empezó a comprender que poco tiempo le quedaba allí. Que todo acababa para él. Que seguir peleando carecía de sentido, y sólo dejó que la angustia que estaba padeciendo, acabase al fin.
Segundo a segundo, su mano fue soltando la alfombra, mientras este rezaba a Dios, al cual había abandonado hace ya años, que fuera benévolo con él.
No hubo último suspiro, no hubo final heroico, ni hubo despido, sólo hubo un final. Nada más.
Pero en este mundo algunas plegarias son escuchadas, pues las suyas dieron sus frutos.
Cuando se quiso dar cuenta, la pesadilla había acabado.
Todo era un sueño, un mal sueño. Se había acabado al fin el mal trago. Este empezó a respirar como quiso, disfrutó del aire, que en tantas ocasiones había contaminado con el humo de sus cigarros.
Había renacido, era otro. Ahora veía todo de una manera diferente. Incluso a ella.
La culpable de la angustia que le había llevado a esa pesadilla, por encontrarse frente a él.
Ella era dulce y salda. Era miedo y esperanza. Era angustia y sueño. Era de un material parecido al de los sueños. En ese momento supo que debía conseguirla. Se dio cuenta de que si no jugaba, difícilmente podría ganar.
No hubo plan alguno, simplemente optó por mover un pie y luego otro. Se abalanzó sobre ella con el fin de hacerla suya. Ese día, nuestro valiente amigo sabía que nada le podría detener.
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