I'm free to be whatever I whatever I choose

martes, 14 de enero de 2014

Un patio mal ubicado.

Lorenzo se acercaba a su punto más alto. El frío nos había regalado una tregua, y el viento nos había abandonado.
Yo, mirando a través de la valla de color verde. Yo, mirando un día desde dentro de la misma valla verde.
Apoyado en el coche, con una mano en el capó y la mirada clavada en la escena de dentro.
Los años habían pasado, el agua caído y las vidas cambiado, pero eso no había cambiado nada, en absoluto.
Durante media vida le he tenido en mi mente como un mago. Un amigo. Un pilar de mi infancia. Alguien a quien recordar cuando la luz se apaga en el túnel.
Y ahí estaba él, tras la valla. Actuando como siempre. Con los mismos chistes, los mismos gestos, las mismas gafas.....
Fue una sensación extraña, fue como vivir dos vidas en un mismo instante. Era capaz de verme a mi desde fuera de la valla y un niño, me miraba, desde dentro. Ese niño, un día, fui yo. Pero ahora es otro, viviendo mi vida. Durante un par de segundos sentí ser yo ese niño, de nuevo. Sentí que había renacido. Durante un breve instante me encontraba dentro y fuera. De la valla e incluso de mí.
Su voz fue una llave a mis recuerdos. Un gran número de recuerdos me abordaron en un instante, mientras yo sólo era capaz de mirar ensimismado.
Mi cabeza no daba para más. No dejaba de abrir viejas cajas con polvo, repletas de recuerdos que creía ya olvidados. Las cuales se encontraban en lo más oscuro y recóndito de mi mente.
Miradas, viejas amistades, sentimientos.... mil experiencias por milésima de segundo.
Fue, en toda regla, una sobredosis de recuerdos. De recuerdos de otro yo. De un yo más bajito. De un yo muy diferente. Recuerdos de mi infancia.
Esa mañana me había despertado como todos los días, a la hora de siempre, y con las prisas que me caracterizan. Con el café despertino y la ducha más que necesaria. Tras una noche difícil, como casi todas.
La mañana fue avanzando, y en ningún momento me imaginé que volvería a sentir todo eso de nuevo.
Mientras seguía apoyado sobre el motor del coche, con la chapa ardiendo bajo la palma de mi mano, me imaginaba en cualquier otro sitio de la faz de la tierra, pero no quería moverme de ahí. Me había invadido un bienestar que hacía bastante que me había abandonado.
Sentía que esa escena era lo más parecido a un viaje en el tiempo. Un viaje, que al fin, había logrado.
Mis cinco sentidos bailaban con esa escena. Me vinieron sabores, olores, sonidos, imágenes y sobretodo, mil y una superficies las cuales tocaron mis manos.
Mientras mi piel se ponía de gallina un millar de veces, yo fui capaz de vivir seis años en apenas sesenta segundos.
Y sentí sobre mí, otra vez, todas las penalidades que sufrí y todas las alegrías que disfruté. Y fue en ese momento cuando vi que la huella que había caído sobre mi cabeza, fue la misma que un día me cambió y me hizo ser lo que ahora soy.
Entonces, mi presente cerró la puerta de su casa. Y me dijo que subiera al coche, que la realidad  nos llamaba y no podíamos dejarlo sonar, teníamos que cogerle la llamada. Mientras el coche avanzaba, giré la cabeza para ver una última vez esa escena, y observar como lentamente iba desapareciendo en la lejanía, poco a poco. Dando paso, al fin, a un futuro, el cual no sería como mi preciado pasado, pero sería un futuro con mi huella y mi firma. En definitiva, sería mi futuro.

Un logaritmo más.

En un campo me hallo,
perdido me siento.
En una vida, por desgracia
me encuentro.
¡Pobre de mi!
Pues no le encuentro sentido,
a esto...
No puedo desfallecer,
mediante algunos hongos
busco placer y renacer.
Pero siento, que me disipo,
que no avanzo,
y que vivo por la mera curiosidad
de ver como el mundo,
me hará caer.