-Un
molesto silbido del viento contra el cristal roto de la ventana, le despertó de
su sueño, este se miró las manos e imaginó volver al sueño, pero por mucho que
soñase, el color de sus manos jamás cambiaría.
Sabía
que ese día no sería fácil ni corto, pero, ¿alguno lo ha sido desde que dejó la
sabana atrás?-se preguntó.
Ese
era otro día más en ese cuchitril donde los olores pútridos eran el aroma de
todas las mañanas, se tocó el pecho y colocó su mano sobre el corazón, cerró los
ojos, y soñó por un breve instante volver a ser libre.
La
luz aún no había salido, cuando los perros del Patrón con sus ladridos
despertaron al resto de compañeros de Kabú.
El Patrón,
era un exmilitar de muy alto rango, que se jubiló joven por una herida en la
pierna, la cual le dejó una pequeña cojera, que le obligaba a llevar un bastón
para corregirla .El bastón, de madera
del norte, tallado a mano y con la punta de metal, que muchos de los negros habían
probado ya, entre ellos Kabú.
Todo
esto lo pensaba Kabú mirando a la
Luna, ya casi desapareciendo, la cual era su única compañera
en aquel lugar.
Este
prosiguió con el pensamiento, diciendo para su persona, que tal vez el Patrón
no fuese mal hombre, pues para los suyos no era mas que un empresario que cultivaba
sus tierras mediante esclavos, los cuales solo eran útiles para el trabajo, que
no valían para nada más, pero para sus compañeros el Patrón era el diablo
blanco.
Kabú
que había dormido muy poco y estaba muy cansado, no quería trabajar, pero sabía
que si quería vivir tenía que trabajar, aunque cada día que pasaba le veía
menos sentido a la vida.
Porque
a él el contrato de esclavo no le gustaba, pues trabajar día y noche, por
simplemente vivir, no le parecía justo.
Kabú
se giró y miró la que fuera la cama de su único compañero, que un día
desapareció, el Patrón se lo llevó por no poder trabajar debido a su
enfermedad, Kabú estaba convencido de que Fadin ya no seguía con vida, pero
probablemente el echo de una posible vuelta de éste a la hacienda hacía que
Kabú se levantase cada mañana.
Kabú
siempre se emocionaba al pensar en Fadin, pues el fue el único que le
comprendía y que sabía ayudarle cuando estaba mal.
Kabú
tenía claro que jamás dejaría de trabajar porque, no quería morir, porque su
gran sueño de volver a África seguía en él.
Un
ladrido le trajo de nuevo a la realidad, pero rápidamente volvió a pensar en lo
que sería volver a su casa con Fadin, volver los dos juntos y empezar de nuevo,
lo cual había dejado de ser un sueño y había pasado a ser una obsesión.
Unas
especies de gachas le esperaban para desayunar, igual que para cenar y comer,
un día y otro y otra más, jugar con la cuchara era su única distracción.
Recuerda
como si hubiese sido ayer su primer día en la hacienda, como el clima le mataba
y los pulmones casi no le funcionaban, y de cómo un joven le ayudó, le estiró
la mano y le dijo:-Me llamo Fadin, y estoy aquí para ayudarte.
Jornadas
interminables, trabajos forzados, calor asfixiante, era esa la tónica de cada
día, pero siempre sabía que a la vuelta estaría con él, quien poco a poco se
convirtió en algo más que un simple amigo.
Pero
esto pasó hace ya tanto tiempo, que se le pierde en la memoria.
Ahora
estaba solo, tal vez el resto le vieran
con ojos diferentes, y simplemente le dejaban al margen, esa diferencia no
venía por el color de piel, ni por ser una persona problemática, sino porque
para muchos la amistad que tenía con Fadin era algo que no alcanzaban a
entender.
Kabú
no entendía porque si el sentía una cosa, no podía demostrarlo, porque el
recuerdo de esa noche junto a Fadin, donde al fin descubrió su sitio en este
mundo, y por una vez en su vida no se sentía desplazado.
Kabú
pese a no ser muy mayor, ya tenía alguna que otra cana, al igual que unas
ojeras muy marcadas, debido al gran esfuerzo físico que tenía que realizar día
a día, y al poco descanso del que gozaba. Esos pelos blancos que asomaban entre
su pelo oscuro como la noche, le recordaban las calamidades y el tiempo que
había pasado lejos de su África natal. Él nunca había dado mucha importancia a
su aspecto físico, pero la aparición de éstas, le hizo darse cuenta de que ya
no era el niño que fue una vez, y que la frase que siempre se repetía en la
cabeza, de que por muy difícil que parezca siempre habría una salida, ya había perdido parte de sentido, y sobretodo
desde que Fadin se marchó.
Una
dura patada en la espalda le despertó, al volver en sí, se tropezó y calló
sobre un charco, estaba en medio de la hacienda rodeado de algodón y con la
cara llena de barro.
Al
quitarse el barro de la cara lo vio, estaba ahí frente a él. Era eso que
siempre buscó y que jamás imaginó encontrar. Se levantó lentamente y mientras
se quitaba el barro de la cara, no podía dejar de mirarlo, era tan precioso,
tan perfecto, Kabú no sabía como reaccionar, los nervios le podían y se dispuso
a ir hacia él, mientras el capataz le gritaba que se parase, pero el no le escuchó, el solo veía
al fondo a Fadin, a su padre, a su madre, sus hermanos, su casa, la sabana…
Kabú
empezó a correr, mientras todos los demás esclavos le gritaban, el no podía
parar, corría, corría y seguía corriendo, el solo sabía que volvía a casa y que
nadie le podría parar.
Mientras
corría Kabú, no podía paraba de sonreír, la felicidad le inundaba, volvió a ser
feliz durante un instante.
Kabú
murió. Una fría bala le atravesó el
pecho mientras corría, no llegó muy lejos la verdad, pero murió por un sueño,
un sueño llamado libertad.
Para
muchos Kabú murió siendo esclavo. Pero para él murió libre, aunque esa libertad
la tuviese que encontrar en la muerte.