Cada día me subo a este pequeño saliente al cual el transcurso del tiempo no ha tratado del todo mal. Me siento sobre él, y espero impaciente a que esa larga melena cruce por delante de la plaza a donde estoy mirando.
Los minutos se me hacen horas aguardando tu llegada, me entretengo imaginándome con otro aspecto.
Con algún aspecto con el que pueda sentirme seguro para así poder bajar y poder verte de cerca. Para poder mirarte fijamente, para así poder escuchar al fin el tono de tu voz o incluso para poder oler la fragancia que deja tu pelo en el aire al pasar junto a ti.
Otro día más te retrasas, y otro día en el que me toca mirar al cielo y suplicar que aunque sea tarde, que llegues.
Mis plegarias no suelen ser escuchadas, pues pedí que me diera alguna oportunidad contigo, pero aquí sigo, en lo alto y escondido en una densa oscuridad aguardando tu llegada.
Al fin apareces por la esquina del fondo, llegas y te paras frente al campanario. Imagino bajar y besarte. Sigues adelante y saludas a unas personas, y me vuelvo a imaginar besándote. Avanzas y llegas al fin a una tienda donde te paras y lentamente te acercas a un chico.
Mi mente se bloquea, no sé que pensar. Las rodillas me tiemblan y el aire me falla. Sigo mirando fijamente y veo que te acercas y le saludas, no le besas, mi corazón recupera su latido normal. Vuelvo a mi con gran rapidez, sigo observándote durante un largo rato hasta que te alejas andando lentamente en un grupo de gente en el que daría mi vida por algún día estar.
Mis delirios hacia ti me hacen sentirme un loco, un monstruo.... Tengo miedo a perderte, pero más tengo a seguir buscándote. Mi cabeza no deja de pensar en tu cara, tus labios e imaginar una y otra vez las palabras que dirás cuando me encuentre frente a ti. Frío al no verte, calor al divisarte en la lejanía, sensaciones antagónicas que me llevan lentamente a la locura.
Salgo corriendo a asomarme de nuevo a la cornisa, con fe en que volverás de nuevo. El corazón parece que me va a explotar, las manos me sudan y las piernas me fallan.
La cornisa, mi compañera de sueños, me falla, al dejarme caer. Eso pienso mientras caigo, mientras lo más seguro es que el nerviosismo me halla jugado una mala jugada.
El suelo es duro, y por tanto la caída es letal. Estoy muerto, no respiro, no siento, no puedo hacer nada.
Pero aquí sigo pensando en como me he podido caer, y aún pienso si no esperé demasiado para demostrarla lo que sentía.
-¡DIOS! Pensé al despertar de aquel horrible sueño, menos mal que todo era una invención de mi mente.
Aquel sueño me hizo pensar, pensé en ti, pensé en mi y pensé en la oscuridad donde me oculto.
Mi cabeza se llenó de preguntas sobre lo que hacer, la verdad es que todas las respuestas me llevaban a un mismo lugar, tú. Simplemente tú, eres la culpable de mis derrotas y de mis victorias, eres la única que me da aire con el cual respirar, eres la única cosa por la cual merece la pena nadar río arriba.
Aunque la respuesta sea fría o duela, mereces saber que eres el dolor que me hace ser humano.
No hay comentarios:
Publicar un comentario