Y es entonces cuando despiertas y al abrir los ojos te das cuenta de que todo lo que has hecho en tu no muy larga vida no vale de absolutamente nada. Carece de valor. Has vivido una existencia insignificante.
Sopesas cada una de las acciones que has cometido, y llegas a la conclusión de que has sido incapaz de retener algo. Siempre con miedo a perderlo, luego a tenerlo y de nuevo, a volver a perderlo.
No es frío ni calor, es simple vacío. Escribo sin levantar la cabeza, pues no creo que sea merecedor de sentirme orgulloso de esto que escribo.
Ni un sólo logro en mis queridos veinte años de vida. Pese a ser educado para ser un ganador, no me he atrevido a competir en esta vida.
Llevo cuatro años anclado en un punto de mi existencia. Pese a que esta etapa comenzara siendo el momento más glorioso y feliz de mi vida, ya no aguanto más. Está llegando a ser una etapa demasiado tortuosa como para seguir viviéndolo sin darse cuenta de que estoy comenzando a perder el norte, el sur, la cordura y la brújula entera.
Mi existencia no es frágil, y aunque no me guste, soy incapaz de pasar desapercibido. Las personas, las mujeres, la vida, todo en algún momento del día me llama para que relacione con ello. Me relaciono, me sacio y desparezco. No hago más, simplemente me introduzco levemente bajo tierra y abandono la escena.
A la larga, no es que duela, si no que te das cuenta de que no formas parte de nada. Nadie te llega a considerar muy valioso, ni útil siquiera. Simplemente otra barra en este código infinito que es la vida.
No siento necesidad de gritar. Ni de revelarme. Solamente siento que debo cambiar, COMO CADA VEZ QUE ME OCURRE ESTO.
Pero esto se arregla sencillo, pues mañana al despertar todos estos pensamientos agridulces habrán sido escondidos bajo la alfombra de mi mente por mis fantasmas. Para así, que otro día haciendo limpieza por la habitación de mi cabeza me encuentre de nuevo estos recuerdos, y sea un volver a empezar de nuevo.
Supongo que en momentos como estos me doy cuenta de lo hipócrita, de lo superficial, de lo narcisista y de lo egoísta que he llegado a ser.
Es más sencillo huir que afrontar los problemas. Yo siempre me he sentido orgulloso de mi capacidad para poder abandonar desde una habitación hasta una vida sin hacer apenas ruido, y es ahora cuando me doy cuenta de que tiene más mérito cerrar la puerta de la habitación que abrirla. Quedarse y arreglar aquello que te da miedo y te hace irte para demostrarte poco a poco que puedes empezar a sentirte orgulloso de ser una persona incapaz de huir y de esta manera poder resistir y crecer.
Algo caótica es mi vida. Siempre con mis más y mis menos. Siempre buscando un rayo de luz en mi callejón de sombras. No es divertido, simplemente es lo que hay. Llevo 20 años viviendo de esta manera y prometo que no voy a cambiar. Que todas estas palabras serán parte de mi olvido en apenas unas horas. Que todos estos lamentos serán polvo del pasado en cuanto cierre los ojos y mis fantasmas comiencen a hacer limpieza. Yo soy difícil, pero gracias a mis fantasmas, soy imposible.
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