No es sencillo. Otra vez perdí la inspiración. Otra vez más mis musas se perdieron entre la espesura de mi mente. No me gusta escribir sin saber qué decir. Pero no me queda más. Pongo mil puntos. Uno tras otro. Necesito frases cortas. Para así poder seguir escribiendo. Hasta ahora no he dicho nada interesante. Y dudo que lo consiga hacer.
Me estoy empezando a plantear contaros mi día, contaros las absurdas ideas que proceso cada segundo, las mil caras que miro e imagino cuales serán sus intrigantes futuros. O simplemente os podría hablar de aquel día en el que realmente maduré. El momento en el que mi mente asumió que era el momento de crear un nuevo 'Yo'.
No sería mala idea empezar diciendo el día, el año o el lugar. También quedaría bien hablar de algún que otro personaje o empezar a contaros sobre qué os estoy hablando. Pero si hiciera eso, dejaría de ser yo.
Comencemos:
La oscuridad dominaba el horizonte. Los gatos pardos se adueñaron de las calles. Un hombre solitario salió acompañado por un puñado de lágrimas que se habían propuesto salir todas de golpe sin mirar atrás. Era un llanto seco. Lloraba en silencio mientras caminaba por la nieve. Una camisa remangada le cubría, pero este no sentía nada. Solamente caminaba buscando desvanecerse entre los fríos copos de nieve.
La gente en sus casas sacrificaron al silencio que teñía la noche con gritos de alegría y júbilo mientras este seguía su camino hacia ningún lado. Con las manos en los bolsillos empezó a convertirse en un hombre mientras las lágrimas amainaban. Cuando las lágrimas cesaron empezó la rabia. Los puñetazos le supieron a poco, pese a que de sus nudillos gotease sangre. Comenzó a gritar mientras continuaba golpeando con todas sus fuerzas aquel poste de luz que aún a día de hoy sigue abollado por la rabia de aquel joven desesperado.
No había frío, no había dolor físico, sólo había rabia. La madurez se había apuntado a la cena de Noche Vieja sin avisar. Sin darse cuenta, esta, marcó a muchos de los allí presentes.
Nuestro querido joven clavó las rodillas en la nieve para empezar a procesar información. No había golpes, tampoco lágrimas, sólo silencio. Sabía que cuando volviera a entrar todo cambiaría, pero que si no entraba la realidad saldría a buscarle.
Lentamente se levantó y miró al horizonte. La hora de la verdad había llegado. El niño había muerto, el joven había madurado y el adulto se empezaba a ver a lo lejos. Las voces aparecieron ese día, los miedos de antaño se vistieron de realidad y esta vez vinieron para quedarse.
Volvió a entrar con la mirada perdida. En la entrada dio su última bocanada de aire como niño. Esta fue profunda, agridulce y no tan larga como le hubiera gustado. Los fantasmas se apoderaron de su mente y comenzaron a verter el veneno que poco a poco le irá matando. Cerró los ojos y avanzó dejando el miedo en la puerta.
Llamó, le abrieron y la metamorfosis del joven concluyó.
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