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miércoles, 28 de agosto de 2013

Heroína.

Frío, esquivo y sobretodo romántico, así se presentaba nuestro héroe falto de espada y escudo, pero sobrado de valor.
Delante de la enorme mesa, rodeado de las únicas personas que arrancarían la piel de aquellos que intentaran entrometerse en el camino de nuestro peculiar protagonista, dejaba escapar el humo de su boca mientras miraba por una pequeña ventana entreabierta. Miraba con desgana, pues sabía que la libertad que existía en ese mundo, jamás sería para él.
La comida dejó de tener sabor, pasó a ser de color gris. Toda igual, nada sabía a nuevo. Vivía en un mundo de monotonía. Pese a mirar a su alrededor y ver a los suyos, con los que tantas veces ha superado escoyos como si fueran hermanos, veía que necesitaba un aditivo en su vida. Un colorante. Un excitante. Un poco de gas para una vida demasiado tranquila.
Se levantaba, andaba y seguía consumiendo la vida como si se tratara del hongo que tiene entre los dedos. Pero nada cambiaba, todo en la misma posición, todo cuadriculado. Para muchos una vida más, para este joven, un infierno como ninguno.
Se apoyó en el marco de la ventana y dejó a los pájaros volar, imaginó encontrar a alguien e invitarle a vivir una aventura. Una aventura sin fin.
Pensaba en buscar a alguien, alguien que hasta ahora no se haya dejado caer por el mundo de oscuridad donde él gobernaba. Alguna persona capaz de gastar horas, días, semanas, meses e incluso años en él. Alguien que se atreviera a hacer algo que nadie antes se había atrevido a hacer. Él buscaba una heroína la cual le salvase.
Sabía que no iba a ser tarea sencilla, pero también sabía que el que no arriesga no gana. Temía que ser tan frío y difícil afectara a la continuación de dicha aventura. Pero en el fondo estaba tranquilo, pues sabía que la que escogiera le entendería y sería perfecta. Por eso no le valía cualquiera, no servía la primera, ni la segunda, sólo la adecuada.
Siguió dando vueltas por la casa mientras recitaba alguna canción sin sentido que alegrara ese momento.
Para sus amigos, él no estaba haciendo otra cosa que dar vueltas a oscuras mientras dejaba caer sobre la alfombra del pasillo una simples palabras.
La noche al final apareció, y nuestro joven Goethe salió a la calle para mirar a la única mujer que le ha cuidado durante todas las noches desde que nació, y decirle que ya no iba a volver a ser necesario, que al final le salvarían. Anduvo durante un rato hasta llegar a un lugar tranquilo donde poder hablar con la Luna y comentarle que estaba deseoso de amor.
Pensó la jugada, la comentó con su gran compañera blanca, la cual iluminaba la noche, y le dijo al astro que daba igual el tiempo que pasase hasta que encontrase a esa persona, pues valdría la pena.
Le dijo que no buscaba un cuerpo bonito, si no una gran mente a la cual preguntarle cada noche si era feliz con él. Buscaba una persona con la cual poder huir a la ciudad, con la cual pasar las noches cara con cara, una persona a la que no le importara su pasado, una persona que pudiera iluminar en medio de la total oscuridad.
La noche pasó y este enrolló un papel, se ayudó de un buen trago de ron, para así poder seguir siendo joven una noche más junto con el gran flexo que cuelga en medio de la noche para iluminarla.
Se despertó mientras el frío del amanecer atacaba el parque, con un gran dolor de cabeza despidió a la Luna a lo lejos. La dijo en bajo que ojalá esta fuera la ultima noche que pasaban juntos, pero otra mañana  más había olvidado la promesa  de encontrar a alguien con la cual poder jugar a ser real.

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