Llegó el final, sus ganas de seguir luchando cesaron al fin. La sangre que le corría por la frente demostraba, que fue incapaz de tirar el muro a cabezazos. Que sus intentos fueron inútiles que ya no le queda nada ni nadie. Simplemente está él, rodeado de cuatro paredes duras como el acero y frías como el hielo.
No llora pues se quedó seco, no grita pues se quedó sin voz, y no piensa pues se quedó sin fuerzas.
Los días y las noches pasaban sin diferenciarse uno del otro. No existía la necesidad de comer ni de beber, pues simplemente no tenía la necesidad ni de existir. No comprendía quien le había maldecido, quien era el verdadero culpable de todos sus males.
Días, semanas, meses y años pasaron, el niño que un día fue, se había esfumado. Las paredes seguían ahí. Y el pequeño agujero que tenía por el cual entraba luz y oxigeno, y por el que miraba al exterior, le estaba mostrando que todo había cambiado. Aquel árbol que un día le vio crecer, murió. Ese joven que tanto admiraba, se casó y espera su segundo hijo. Ese gran patio que le vio correr, fue destrozado por el tiempo, al igual que la autoestima de nuestro protagonista.
Todo había cambiado, para bien o para mal, pero había cambiado. Aquellos que un día lloraban, hoy ríen. Aquellos que hoy lloran, mañana reirán. Pero él, encerrado en esa cárcel de su mente, no entiende nada.
No alcanzaba a entender ese cambio que estaba ocurriendo fuera de él, ¿cómo todo ha dejado de ser como era? -se preguntaba una y otra vez con las pocas fuerzas que le quedaban.
Todas estas ideas le frustraban poco a poco, ¿por qué el cambio? -se preguntaba de nuevo. El miedo a lo desconocido, se transformó en dolor, y este en frustración. No esperaba nada de nadie, pero esperaba que alguien le sorprendiera al fin.
En verdad aquella dura y fría cárcel era invención de su propia mente, un lastre que le impedía avanzar, una pesada losa con la que cargar. El viaje es largo, y este peso demasiado grande. No avanzó por el hecho de no querer avanzar, sino por el peso del pasado el cual nuestro joven cargaba sobre su espalda. La idea de lo nuevo no era bienvenida, pero la idea de lo antiguo, de lo corto y efímero, era algo que le llenaba, le hacía recordar, pero le lastraba.
Él, se dio cuenta de que el peso que llevaba sobre su espalda era absurdo e innecesario, pero había miedo al cambio.
Siguió sentado mirando desde un lado del camino todos lo cambios que sucedían, lo comparaba con tiempos pasados, tiempos mejores....
Su angustia iba en aumento, pues cada segundo que pasaba era un segundo perdido, un segundo que jamás se recuperará, un segundo al cual añorar.
La madurez fue su aliada, pero luego la quiso abandonar. Nuestro joven encarcelado no quería crecer, no quería pensar en nada que no fuera del ayer, no quería salir de su cárcel. Poco a poco se fue dando cuenta de que la cárcel donde estaba apresado, no era una prisión, si no un fuerte. Un escudo frente al resto de personas, un escudo frente al cambio y frente al mañana.
Asumió que debía crecer, madurar y abandonar el pasado. Que todos aquellos recuerdos que había almacenado durante años sin darse cuenta y de los cuales se sentía tan orgulloso, debía abandonarlos, debía quemarlos para dejar paso a unos recuerdos nuevos.
Su verdadero enemigo, fue el tiempo. Aquel que un día le hizo sentir furor dentro de él, y que ahora le reclama aquello que es suyo, su niñez.
Probablemente, junto a sus recuerdos, este sea su bien más preciado. Pero deberá venderlo a cambio de un futuro, a cambio de algo que el día de mañana no le haga saltar desde un puente o despedirse desde una sucia bañera. Un algo, que pese a que no le guste, ha comprado todo el mundo. Un algo que le costará su felicidad.
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